Сuadros vivos de Bill Viola en un bosque de piedras de Gaudí

Silencio, penumbra, pantallas. En la exposición del videoartista Bill Viola no hay objetos de museo ni expositores. Las pantallas colgadas en las paredes, en las que se pueden ver retratos y paisajes, representan el patrimonio cultural creado digitalmente que no se puede tocar, tan solo sentir.

Para sentir en toda su profundidad la atmósfera creada por los organizadores hay que detenerse, ir sin prisas, lentamente. Se genera la sensación de estar en un lugar sagrado. Los místicos cuadros vivos se encuentran entre las columnas inclinadas de Gaudí. Dos creadores, dos lenguajes artísticos que al fundirse crean una experiencia única que consiste en rozar la eternidad y lo misterioso.

Hoy en día, el vídeo se ha convertido en el lenguaje de nuestro milenio: vemos imágenes en movimiento en nuestros televisores, nuestros móviles, en los cines, en YouTube, en las redes, en carteles publicitarios o en videomappings de nuestras calles. El videoarte también es un vídeo pero carece de fines comerciales o de entretenimiento. Se trata de guiones artísticos, con sentido profundo, que sirven para transmitir una determinada idea: el concepto del autor.

A menudo el videoarte está dirigido a un público preparado. Las obras de Bill Viola no precisan de una interpretación especial. Son sencillas, fáciles de entender y suscitan el interés de un público muy variado. La prueba de ello es la gran exposición, organizada por el MoMA hace unos años, en la que se calculó el tiempo medio que los espectadores dedicaban a contemplar las videoobras y resultó que, prácticamente, alcanzaban las dos horas y media.

Las obras del Bill Viola generan en cada espectador una recepción distinta ya que los temas elegidos por el videoartista son universales pero tratados desde distintos puntos de vista: la fugacidad del tiempo, el nacimiento, el amor, el dolor, las pérdidas, la muerte o el renacimiento.

El deseo del artista de experimentar, utilizando las últimas tecnologías audiovisuales, ha hecho que sus obras lleven ya cuatro décadas siendo actuales y siendo solicitadas. Desde los primeros vídeos grabados en las etapas iniciales, con una pequeña cámara de mano, hasta las instalaciones de grandes dimensiones de hoy, sus obras se exponen en los museos más importantes del mundo, aeropuertos e incluso iglesias.

La exposición “Bill Viola. Espejos de lo Invisible», presentada en la Pedrera, empieza con una obra que nos muestra un gran plano de la cara del artista. Al lado un contador, con un número de nueve cifras, lleva la cuenta del número de aspiraciones y expiraciones de su respiración. Por medio de una instalación tan sencilla, el artista nos muestra que la vida no es más que un aspirar y expirar el aire. Una alternancia continua.

Fuente: Irina Grevtsova

La siguiente obra es la videoproyección titulada «Piscina reflectante». Tal vez, es la obra más conocida y significativa del videoartista. Me ha causado una impresión especial, sobre todo, por la historia relacionada con ella. De pequeño, cuando Bill estaba de vacaciones con sus padres en las montañas, se cayó al agua. Entonces todavía no sabía nadar. Mientras le estaban buscando, encontrándose bajo la superficie del agua, experimentó sensaciones inolvidables que por mucho tiempo se grabaron en su memoria. Según él, no tenía miedo. Estaba tranquilo y calmado, observando lo que pasaba a su alrededor: imágenes centelleantes y reflejos. Este incidente y las sensaciones vividas es una constante que ha ido expresando en muchas de sus obras a lo largo de su vida

La «Piscina reflectante» muestra la aparición del hombre desde el mundo de la naturaleza, su vida y su ida. El agua simboliza la frontera entre la apariencia y la realidad, entre la vida y la muerte. El vídeo, grabado con efecto de granulado, de la piscina sombría, invadida por una densa vegetación, que se refleja en la superficie del agua, atrae por su misteriosidad y misticismo.

Al lado derecho de esta instalación, podemos ver tres los retratos de dos mujeres y un hombre enmarcados en pequeñas pantallas. Asombran por su naturalidad. Cada uno de los personajes expresa, de manera consecutiva, una de las cuatro emociones principales: la alegría, la tristeza, la ira y el miedo.

Los personajes están tan inmóviles y estáticos que parecen fotografías. Las videoimágenes, grabadas de una sola toma, fueron montadas en cámara lenta y duran 82 minutos. Según los autores, para ver el cambio en la expresión facial hay que distraerse, apartar la mirada por un tiempo y volver a mirar de nuevo. Sólo entonces puede apreciarse la diferencia.

«El quinteto de los sobrecogidos». Fuente: la Fundación La Pedrera

La video obra «El quinteto de los sobrecogidos» (2000), se encuentra en el fondo de la sala. Es un vídeo a gran escala cuyo argumento proviene del cuadro medieval «La coronación de espinas» pintado por el Bosco. Al igual que en el cuadro, en el vídeo aparecen 5 personajes. Están situados los unos al lado de los otros y muy apretados entre ellos. Al principio todos están tranquilos y la expresión de sus rostros y sus posturas son neutrales. Al pasar algún tiempo, el aspecto de todo el grupo empieza a cambiar y vemos cómo a las risas le siguen las lágrimas. Cada uno de los personajes tiene su propia forma de expresar sus emociones. Gracias a la reproducción lenta de las imágenes grabadas, podemos observar los cambios más pequeños, casi imperceptibles, en sus gestos y posturas.

La vídeo obra que más me ha impresionado ha sido «Tres mujeres» (2008). Este vídeo cuenta con 3 personajes: una madre y dos hijas suyas.

«Tres mujeres». Fuente: Irina Grevtsova

El guion se desarrolla del siguiente modo: vemos a lo lejos tres siluetas muy confusas. Se van acercando muy lentamente hacia nosotros y se van haciendo más grandes y precisas a cada instante que pasa. En un momento determinado, notamos que solo nos separa de ellas una cortina de agua muy fina. Atravesándola, entran en nuestro mundo. Ahora podemos ver sus rostros con todo detalle. No se quedan mucho tiempo en nuestro mundo. En silencio, pasean la mirada por su alrededor y, una tras una, vuelven a marcharse.

El argumento elegido confiere a la obra un ambiente enigmático y fascinante. El agua es la metáfora que simboliza la fugacidad del tiempo.

Visitando la exposición de Bill Viola viajamos a nuestro interior, nos sumergimos en el mundo de las experiencias y sensaciones propias. Para los millenials e instagramers la exposición es una invaluable fuente de nuevas ideas y técnicas para hacer stories y storytelling digitales.

La exposición de Bill Viola permanecerá en la Pedrera hasta el 5 de enero 2020 y 20 obras más serán expuestas por toda Cataluña a principios de diciembre. Es una oportunidad única de sumergirse en el mundo creativo del videoartista y recorrer una ruta de experiencias conociendo algunos de nuestros espacios más emblemáticos.

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